Viaje cultural - 26 febrero 2019

Viaje cultural - 26 febrero 2019

Hoy nos toca visitar Toledo. Nos levantamos, desayunamos, hacemos acopio de galletas y bollos para el desayuno de media mañana y corremos a la guagua. En la parte de abajo sólo pueden ir doce personas y son los sitios más valorados, porque tienen un mesa central con cuatro asientos como en los trenes, y podemos ponernos en grupo a jugar con los móviles (el lado moderno) o a las cartas (el lado tradicional).

Después de un ratito (que es la medida estándar en el viaje, preguntes lo que preguntes, la respuesta de los profes siempre es “un ratito”), paramos a la entrada de Toledo a recoger a los guías que nos acompañarán en la visita, y empiezan a contarnos cosas muy interesantes de la historia de esta ciudad.

Está rodeada por una muralla y por el río Tajo, cosa que facilitaba su defensa en caso de asedio o ataque enemigo. En su interior convivieron durante varios siglos las tres religiones: musulmana, judía y cristiana. La catedral tiene dos torres, una de 93 metros de alto y otra mucho más pequeña. Según nos contaron los guías, no pudieron hacerla más alta por problemas en los cimientos. También nos contaron que en el interior de la catedral hay una campana de bronce a la que llaman la “campana gorda”, que pesa 17 toneladas, que costó mucho esfuerzo subir al campanario, y que, una vez instalada, no pudieron usarla porque se rajó. Al final, decidieron dejarla allí y no usarla. Spain is different!

La última visita del día es San Juan de los Reyes, mandada a construir por los Reyes Católicos. Tras la conquista de Granada, decoraron el exterior del edificio con las cadenas que llevaban los prisioneros cristianos que fueron liberados.

¡Y por fin vemos la nieve! Vale, es artificial, pero está fresquita, blanquita, blandita, casi da gusto caerse encima. Los quince o veinte minutos anteriores son muy agobiantes: tienes que ponerte un pantalón y un chaquetón impermeables, como si fueras un pescador de alta mar. Unas botas muy difíciles de poner, rígidas, con un montón de cierres imposibles y en las que parece imposible meter el pie. Una redecilla de tela en la cabeza (como si fueras un cirujano) y un casco. Por último, los esquís. Formamos grupos, nos asignan un monitor a cada grupo y… ¡a esquiar! El que pudo, porque a algunos nos costó mantener el equilibrio.

Después casi dos horas de nieve, volvemos a quitarnos todo el equipo, recuperar nuestras zapatillas, cambiarnos de calcetines y regresamos a la guagua. Los que teníamos miedo al principio terminamos disfrutando igual o más que los experimentados.

Lamentablemente, mañana llegamos al ecuador del viaje. Esta ya es nuestra tercera noche fuera de casa y sólo ¿sólo? quedan dos noches más. A nosotros nos parece que queda muy poco. Probablemente a nuestros padres les parezca mucho.


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